El día que estremeció al mundo*

Por China Mièville | Jacobin, 7 de noviembre de 2017

Traducción: Juan Fajardo para  marxists.org

 

"Amanecer en San Petesburgo" por Fyodor Vasilyev (1870)

 

25 de octubre/7 de noviembre, 1917:
La historia del día en que los bolcheviques cambiaron el mundo.**

 

Se aproximaba el amanecer del 25. Un Kerensky desesperado apelaba a los cosacos ‘en nombre de la libertad, el honor y la gloria de nuestra patria … a actuar en auxilio del Comité Ejecutivo Central soviético, la democracia revolucionaria y el Gobierno Provisional, y a salvar al moribundo estado ruso’.

Pero los cosacos querían saber si saldría la infantería. Cuando la respuesta del gobierno fue equivoca, todos salvo un pequeño grupo de ultra-lealistas respondieron que estaban desinclinados a actuar solos, ‘sirviendo de blancos vivos’.

En repetidas ocasiones en diversos puntos de la ciudad, el CMR (Comité Militar Revolucionario) fácilmente desarmó a guardias lealistas y simplemente les dijo que se vayan a casa. Y, mayormente, lo hicieron. Los insurgentes ocuparon el Palacio de Ingenieros por el simple medio de entrar en él. ‘Entraron y tomaron asiento, mientras que los que estaban sentados ahí se levantaron y se fueron’, según un recuerdo. A las 6 a.m. cuarenta marineros revolucionarios se acercaron al Banco Estatal de Petrogrado. Sus guardias, del Regimiento Semenovsky, habían jurado neutralidad: defenderían el banco de saqueadores y criminales pero no asumirían partido entre reacción y revolución. Tampoco intervendrían. Por tanto, se hicieron a un lado y permitieron que el CMR se haga cargo.

Menos de una hora después, mientras que la débil luz invernal bañaba la ciudad, un destacamento del regimiento Keksgolmsky, comandado por Zakharov, un inusual cadete de la escuela militar que se pasó al lado de la revolución, partió hacia la central telefónica. Zakharov había trabajado ahí y tenía conocimiento de su seguridad. Cuando llegó, no tuvo dificultad en dirigir a sus tropas en desarmar a los hoscos e impotentes cadetes destacados ahí. Los revolucionarios desconectaron las líneas del gobierno.

Dos se les escaparon. Con ellas, los ministros, refugiados y agazapados en torno a los aparatos entre las filigranas blancas y doradas, las pilastras y las arañas del Salón Malaquita del Palacio de Invierno, mantuvieron contacto con sus magras fuerzas. Emitieron instrucciones sin sentido, discutiendo entre sí en voz baja mientras que Kerensky miraba fijamente al vacío.

*    *    *

Mitad de la mañana. En Kronstadt, como lo habían hecho antes, marineros armados abordaron todo lo que pudieran encontrar que estuviera en condición de navegar. Partieron desde Helsingfors en cinco destructores y un bote de patrullaje, todos decorados con banderas revolucionarias. Al otro lado de Petrogrado los revolucionarios estaban nuevamente vaciando las cárceles.

En Smolny, una desaliñada figura irrumpió en la sala de operaciones bolchevique. Los activistas miraron con desconcierto al arribado hasta que, finalmente, Vladimir Bonch-Bruevich exclamó y corrió con los brazos abiertos. ‘¡Vladimir Ilyich, padre nuestro! ¡No te reconocí, querido!’

Lenin se sentó a escribir una proclama. Estaba nervioso, ansioso respecto al tiempo, desesperado por que el derrocamiento final del gobierno estuviese completado cuando se inaugure el Segundo Congreso. Bien sabía el poder de un fait accompli.

A los ciudadanos de Rusia. El Gobierno Provisional ha sido depuesto. El Poder del Estado ha pasado a manos del Comité Militar Revolucionario, que se encuentra al frente del proletariado y de la guarnición de Petrogrado.

La cauas por la que ha luchado el pueblo - la propuesta inmediata de una paz democrática, la supresión de la propiedad agraria de los terratenientes, el control sobre la producción y la constitución de un gobierno soviético – el triunfo de esta causa está asegurada.

¡Viva la revolución de los obreros, soldados y campesino!

Convencido ahora de la utilidad del CMR, Lenin no firmó por los bolcheviques sino a nombre de aquel órgano ‘no-partidario’. La proclama fue rápidamente impresa en los fuertes bloques de texto a los que se presta el alfabeto cirílico. Tan rápido como se distribuían las copias, estas eran pegadas en innumerables paredes. Los operadores tecleaban las palabras a través de los alambres del telégrafo.

En realidad, no era una verdad sino una ambición.

*    *    *

En el Palacio de Invierno, Kerensky usó sus últimas vías de comunicación para conseguir unirse a tropas en camino a la capital. Alcanzarlos, sin embargo, no sería nada fácil. Podría escapar, pero el CMR controlaba todas las estaciones.

Necesitaba ayuda. El estado mayor hizo una larga y cada vez más desesperada búsqueda y al fin localizó un auto que serviría. Rogando, consiguieron valerse de uno más, de la embajada americana –un vehículo con útiles placas diplomáticas.

A eso de las 11 a.m. del 25, justo cuando empezaba a circular la proclama prefigurativa de Lenin, los dos vehículos atravesaron los controles del CMR, que eran más entusiastas que eficientes.

Un Kerensky desolado escapó de la ciudad con un pequeño sequito, en busca de soldados leales.

*    *    *

La convulsión no obstante, a muchos ciudadanos les parecía casi un día normal en Petrogrado. Por cierto, algún grado de bulla y alboroto era imposible de ignorar, pero relativamente poca gente estaba metida los combates, y sólo en puntos estratégicos. Mientras que esos combatientes desempeñaban su labor insurreccional o contrarrevolucionaria, reconfigurando el mundo, la mayoría de los tranvías estaban en circulación, la mayoría de la tiendas abiertas.

Al mediodía, soldados y marinos revolucionarios armados llegaron al Palacio Mariinsky. Los preparlamentarios nerviosamente discutiendo el drama que se desplegaba estaban a punto de convertirse en actores en él.

Súbitamente entró un comisario del CMR. Ordenó al presidente del preparlamento, Avksentiev, a desalojar el palacio. Soldados y marinos, blandiendo armas, irrumpieron, dispersando a los atemorizados diputados. Aturdido, Avksentiev rápidamente reunió a cuantos miembros del comité ejecutivo como pudo. Sabían que resistencia sería inútil, pero partieron bajo protesta cuan formal como pudieron hacerla, decididos a volver a reunirse lo más pronto posible.

Al salir al punzante frio, los nuevos guardias del edificio revisaron sus papeles pero no los detuvieron. El patético preparlamento no era el premio que, para desesperación de Lenin, aún los eludía.

Ese premio, ahora sin Kerensky, estaba en el Palacio de Invierno. Ahí, con su mundo en colapso, las hoscas ascuas del Gobierno Provisional aun ardían.

Al mediodía, en el grandioso Salón Malaquita, el magnate textíl y Kadete, Konovalov, reunió al gabinete.

‘No sé por qué se llamó a esta sesión’, gruñó el ministro naval, el Almirante Verderevsky. ‘No tenemos ninguna fuerza militar palpable y por lo tanto somos incapaces de tomar acción alguna.’ Quizá, propuso, deberían haber reunido al Preparlamento –y, mientras hablaba, llegaba la noticia de que había sido disuelto.

Los ministros recibían informes y emitían llamados a sus decrecientes interlocutores. Aquellos no infectados con el doloroso realismo de Verderevsky tejieron fantasías. Con los últimos retazos de su poder desvaneciéndose, soñaban una nueva autoridad.

Con toda la seriedad del mundo, como fósforos quemados contando graves cuentos de la conflagración que pronto iniciarían, las cenizas del Gobierno Provisional de Rusia debatían a cuál de ellos nombrar dictador.

Esta vez las fuerzas de Kronstadt llegaron a las aguas de Petrogrado en un yate, dos mineras, una embarcación de entrenamiento, un antiguo buque de guerra y una falange de pequeñas barcazas. Una loca flotilla más.

Cerca de donde el gabinete fantasiaba de una dictadura, marinos revolucionarios capturaron el ministerio de marina y arrestaron al alto mando naval. El regimiento Pavlovsky estableció piquetes sobre los puentes. El regimiento Keksgolmsky asumió control al norte del Río Moika.

El mediodía, la hora originalmente dispuesta para la toma del Palacio de Invierno, había llegado y pasado. La hora fijada fue aplazada por tres horas, lo que disponía el arresto del gobierno para luego de la apertura del Congreso de los Soviets a las 2 p.m. –precisamente lo que Lenin buscaba evitar. Así que la apertura fue postergada.

Pero el salón de Smolny estaba ahora rebosante de delegados de los soviets de Petrogrado y provincias. Exigían noticias. No se les podría postergar para siempre.

Por lo tanto, a las 2:35 p.m., Trotsky dió apertura a una sesión de emergencia del Soviet de Petrogrado.

‘A nombre del Comité Militar Revolucionario,’ exclamó, ‘declaro que el Gobierno Provisional no existe más.’

Sus palabras provocaron una tormenta de júbilo. Instituciones claves estaban en manos del CMR, continuó Trotsky por encima de la conmoción. El Palacio de Invierno caería ‘en cualquier momento’. Otro intenso clamor: Lenin entraba al salón.

‘¡Viva el camarada Lenin, de vuelta con nosotros!’, gritó Trotsky.

La primera aparición pública de Lenin desde julio fue breve y exultante. No dio detalles, pero anunció ‘el comienzo de un nuevo periodo’, y exhortó: ‘¡Viva la revolución socialista mundial!’

La mayoría de los presentes respondieron con júbilo. Pero hubo disensión.

‘Están anticipando la voluntad del Segundo Congreso de los Soviets’, gritó alguien.

‘La voluntad del Segundo Congreso de los Soviets ya ha sido predeterminada por el hecho del levantamiento del los obreros y soldados’, respondió Trotsky. ‘Ahora solo tenemos que desarrollar ese triunfo.’

Pero entre proclamas por parte de Volodarsky, Zinoviev y Lunacharsky, un pequeño grupo de moderados, mayormente mencheviques, se retiró de los órganos ejecutivos del Soviet. Advirtieron sobre terribles consecuencias a raíz de esta conspiración.

Luego de casi ocho horas de distención, los delegados al soviet no podían ser apaciguados más. Una hora después de aquel primer tiro, en el gran Salón de Asambleas de Smolny, se inauguró el Segundo Congreso de los Soviets.

El ambiente estaba lleno de humo de cigarrillos, a pesar de repetidos gritos, a veces alegremente asumidos por los mismos fumadores, de que no se permitía fumar. Los delegados, Sukhanov notó, estremeciéndose, mayoritariamente lucían ‘los rasgos grises de las provincias bolcheviques’. A su ojo refinado e intelectual, aparecían como ‘malhumorados’ y ‘primitivos’ y ‘oscuros’, ‘toscos e ignorantes’.

De los 670 delegados, 300 eran bolcheviques. 193 eran SRs, más de la mitad del ala izquierda del partido; sesentaiocho mencheviques y catorce menchevique-internacionalistas. El resto no tenía afiliación o eran miembros de grupúsculos. El tamaño de la presencia bolchevique mostraba que el apoyo al partido estaba en aumento entre quienes eligieron a los representantes –y también había sido fortalecido por arreglos organizativos algo flojos que les habían dado una participación más que proporcional. Aun así, sin los SRs de Izquierda no tenían una mayoría.

No fue, sin embargo, un bolchevique quien sonó el campanazo de apertura, sino un menchevique. Los bolcheviques aprovecharon de la vanidad de Dan al ofrecerle ese papel. Pero él aplastó instantáneamente cualquier esperanza de camaradería o simpatía interpartidaria.

‘El Comité Ejecutivo Central considera superfluo nuestro acostumbrado discurso de apertura’, anunció. ‘En estos instantes, nuestros camaradas, quienes están abnegadamente cumpliendo con las obligaciones que les hemos impuesto, están bajo fuego en el Palacio de Invierno.’

Dan y los otros moderados quienes habían dirigido el Soviet desde marzo vacaron sus sillones, para ser remplazados por el nuevo presídium, nombrado proporcionalmente. A clomorosa aprobación, catorce bolcheviques –incluyendo a Kollontai, Lunacharsky, Trotsky, Zinoviev- y siete SRs, incluyendo la gran María Spiridonova, subieron a la plataforma. Los mencheviques, en enfado, rehusaron sus sitios. Un escaño fue guardado para los menchevique-internacionalistas: el grupo de Martov, en una maniobra simultáneamente digna y patética, se negó a asumirlo, pero se reservó el derecho de hacerlo más adelante.

Justo cuando el nuevo liderazgo revolucionario tomaba asiento y se aprestaba a sus labores, el salón súbitamente retumbó con otro cañonazo. Todos se detuvieron.

Esta vez el tiro provenía de la Fortaleza de Pedro y Pablo. A diferencia del de la Aurora, su disparo no fue de fogueo.

*    *    *

El aceitoso destello de las detonaciones se reflejaba en el Neva. Los proyectiles subían, describiendo arcos en la noche y chillando mientras descendían hacia sus blancos. Muchos, por piedad o incompetencia, reventaban sonora, espectacular e inofensivamente en el aire. Muchos más se hundieron, con estrepitosos chapuzones, en el hondo del agua.

Desde sus propias posiciones, los Guardias Rojos dispararon también. Sus balas salpicaron los muros del Palacio de Invierno. Los vestigios del gobierno en su interior se encogían de miedo debajo de la mesa mientras que llovía vidrio en su rededor.

En Smolny, mientras que sonaban los ominosos ecos del embate, Martov alzó su trémula voz. Insistió en una solución pacífica. Llamó roncamente por un cese al fuego. Porque comiencen negociaciones por un gobierno socialista inter-partidario y unido.

Hubo un gran tumulto de aplauso desde el público. Desde el Presidium mismo, Mstislavsky de los SRs de Izquierda le ofreció apoyo a Martov a pleno pulmón. Así como, en voz alta, lo hizo la mayoría de los presentes, incluyendo muchos bolcheviques de base.

Lunacharsky se puso de pie a nombre del partido y, sensacionalmente, anunció que ‘la fracción bolchevique no tiene absolutamente nada en contra de la propuesta hecha por Martov.’

Los delegados votaron sobre el llamado de Martov. El apoyo fue unánime.

*    *    *

Bessie Beatty, corresponsal del Bulletin de San Francisco, estaba en el salón. Ella entendió lo que estaba en juego en lo que presenció. ‘Fue,’ escribió, ‘un momento crítico en la historia de la revolución rusa.’ Parecía que estuviera a punto de nacer una coalición socialista democrática.

Pero, a medida que se alargaba en momento, sonaron nuevamente los cañones sobre el Neva. Sus ecos sacudieron el salón –y las brechas entre los partidos reaparecieron.

‘Un proyecto político criminal se ha estado realizando a espaldas del Congreso Pan-Ruso,’ anunció un oficial menchevique, Kharash. ‘Los mencheviques y SRs repudiamos todo lo que está ocurriendo aquí, y nos resistimos tercamente a todo intento de tomar el gobierno.’

‘¡Él no representa al Décimosegundo Ejército!’ gritó un enojado soldado. ‘¡El ejército exige todo el poder para los soviets!’

Fue bombardeado con abucheos. Los SRs de Derecha y los mencheviques se turnaron ahora en gritar denuncias de los bolcheviques, y en advertir que se retirarían de los procedimientos, mientras que la izquierda los interrumpía a voz en cuello.

El ánimo se tornó aun más amargo. Khinchuk, del Soviet de Moscú, tomó la palabra. ‘La posibilidad de una solución pacífica posible a la presente crisis,’ insistió, ‘aun yace en negociaciones con el Gobierno Provisional.’

Algarabía. La intervención de Khinchuk fue, o una catastrófica subestimación del odio hacia Kerensky, o una provocación premeditada. Atrajo furia de muchos más que los incrédulos bolcheviques. Al fin, Khinchuk gritó en medio del estrepito, ‘¡Nos retiramos de este congreso!’

Pero, entre el zapateo, los abucheos y los silbidos con que fue recibido ese llamado, los mencheviques y los SRs titubearon. La amenaza de retirarse, a fin de cuentas, debía ser la última carta.

Al otro lado de Petrogrado, la Duma discutía la llamada telefónica cargada de fatalidad de Maslov. ‘Informe a nuestros camaradas que no los hemos abandonado, dígales que moriremos junto a ellos,’ proclamó Naum Bykhovsky, de los SRs. Liberales y conservadores se pusieron de pie para votar sí, que se unirían a aquellos atrincherados bajo fuego en el Palacio de Invierno, que ellos, también, estaban dispuestos a morir por el régimen. La kadete Condesa Sofía Panina declaró que ella se ‘pararía en frente de los cañones’.

Con desdén, los representantes bolcheviques votaron no. Se irían también, dijeron, pero no hacia el palacio, sino hacia el Soviet.

Realizado el conteo, los dos peregrinajes opuestos partieron en la oscuridad.

En Smolny, Erlich del Bund judío interrumpió los procesos con la noticia de las decisiones de los diputados de la duma de la ciudad. Era hora, dijo, de que aquellos quienes ‘no quieran un baño de sangre’ se junten a la marcha hacia el palacio, en solidaridad con el gabinete. Nuevamente la izquierda gritó improperios mientras que los mencheviques, el bund, los SRs y un puñado de otros, se levantaron y al fin partieron, dejando atrás a los bolcheviques, los SRs de Izquierda, y a los agitados menchevique-internacionalistas.

Caminando pesadamente por una fría lluvia nocturna, los moderados auto-exiliados de Smolny llegaron a Nevsky Prospekt y a la Duma. Ahí, unieron fuerzas con sus diputados, con los miembros mencheviques y SRs del Comité Ejecutivo de los Soviets de Campesinos, y juntos partieron para mostrar su solidaridad con el gabinete. Marcharon de a cuatro detrás de Shreider, el mayor, y de Sergei Prokopovich, el ministro de suministros. Portando pan y salchichas para el sustento de los ministros, entonando la Marsellesa, el grupo de 300 personas salió para morir por el Gobierno Provisional.

No avanzaron siquiera una cuadra. En la esquina del canal, los revolucionarios impidieron su paso.

‘¡Exigimos pasar!’ gritaron Shreider y Prokopovich. ‘¡Nos dirigimos al Palacio de Invierno!’

Un marino, perplejo, se negó a dejarlos pasar.

‘¡Disparennos si desean!’ lo retaron los caminantes. ‘Estamos dispuestos a morir, si tienen corazón suficiente para disparar sobre rusos y camaradas … ¡Exponemos nuestros pechos a sus fusiles!’

El impase peculiar continuó. La izquierda se negaba a disparar, la derecha exigía el derecho a pasar y/o a ser acribillada.

‘¿Qué hará?’ le gritó alguien al marino que tercamente se negaba a asesinarlo.

El relato presencial de John Reed de lo que ocurrió entonces es famoso. ‘Se acercó otro marino, muy irritado. “¡Les daremos una tanda!” gritó enérgicamente. “Y si es necesario les dispararemos. Váyanse ahora a casa y déjennos en paz.”’

Tal no habría sido un final digno para campeones de la democracia. Posado sobre un cajón, blandiendo su paraguas, Prokopovich anunció a sus seguidores que salvarían a aquellos marinos de sí mismos. ‘¡No podemos manchar con nuestra sangre las manos de estos  hombres ignorantes! … Sería indigno ser fusilados’ –y más aun recibir palmazos- ‘en plena calle por guardagujas. ¡Volvamos a la Duma, a discutir la mejor forma de salvar al país y a la revolución!’

Con eso, los autoproclamados morituri por la democracia liberal se dieron vuelta y partieron para su vergonzosamente corto viaje de retorno, llevándose sus salchichas.

Martov permaneció en el Salón de Asambleas con la reunión de masas. Aún estaba desesperado por llegar a un acuerdo. Aplazó una moción que criticaba a los bolcheviques por impedir la voluntad del Congreso, sugiriendo –nuevamente- que comienzen negociaciones por un gobierno amplio, inclusivo y socialista. Aquello era parecido a su propuesta de hace dos horas -a la cual, no obstante el deseo de Lenin de romper con los moderados, no se habían opuesto los bolcheviques.

Pero dos horas era bastante tiempo.

Mientras Martov permanecía sentado, hubo una conmoción y la fracción bolchevique de la Duma irrumpió en el salón, para júbilo y sorpresa de los delegados. Habían venido, dijeron, ‘para o triunfar o morir con el Congreso Pan-Ruso’.

Cuando los aplausos allanaron, el mismo Trotsky se puso de pie para responder a Martov.

‘Un levantamiento de las masas no necesita ninguna justificación’, dijo. ‘Lo que ha ocurrido es una insurrección y no una conspiración. Hemos endurecido la energía revolucionaria de los obreros y soldados de Petesburgo. Hemos forjado abiertamente la voluntad de las masas por la insurrección, y no una conspiración. Las masas del pueblo siguieron nuestra bandera y nuestra insurrección fue victoriosa. Y ahora se nos dice: renuncien a su victoria, hagan concesiones, lleguen a un arreglo. ¿Con quién? Pregunto: ¿con quién debemos transar? ¿Con aquellos miserables grupos que nos han abandonado o quienes están proponiendo esto? ¿Si ya nos hemos hartado de ellos? Nadie en Rusia está más ya de su lado. Se supone que un arreglo debe ser acordado, acaso como si se tratara entre iguales, por los millones de obreros y campesinos representados en este congreso, a quienes están dispuestos –ni por primera ni última vez- a vender según le parezca a la burguesía. No, aquí no es posible ningún transe. A aquellos que se han marchado y a aquellos que debemos hacer esto, les decimos: miserables fracasados, su papel ya se ha cumplido. ¡Váyanse a donde deben estar: al basurero de la historia!’

El salón erupcionó. Entre el largo y estruendoso aplauso, Martov se puso de pie. ‘¡Entonces, nos vamos!’ gritó.

Cuando se dio vuelta, un delegado le cerró el paso. El hombre lo miró con una expresión entre dolor y acusación.

‘Y pensábamos que Martov, al menos, permanecería con nosotros’, dijo.

‘Algún día comprenderá el crimen en que está participando’, dijo Martov, con voz temblorosa.

Y se fue.

El Congreso rápidamente aprobó una denuncia rencorosa de los que partieron, incluso Martov. Para los SRs de Izquierda y menchevique-internacionalistas que aún quedaban, tales injurias eran tan molestas como innecesarias –tal como lo eran también para muchos bolcheviques.

Boris Kamkov fue calurosamente aplaudido cuando anunció que su grupo, los SRs de Izquierda, se habían quedado. Trató de revivir la propuesta de Martov, levemente criticando a la mayoría bolchevique. No se habían ganado al campesinado, ni a la mayor parte del ejército, les recordó a sus oyentes. Un acuerdo aún era necesario.

Esta vez no fue Trotsky quien repondió, sino el popular Lunacharsky –quien antes había estado de acuerdo con la maniobra de Martov. Las tareas por delante eran pesadas, coincidió, pero ‘las críticas de Kamkov hacia nosotros son infundadas.’

‘Si al inicio de esta sesión hubiésemos tomado medida alguna para rechazar o suprimir a otros elementos, Kamkov tendría razón,’ Lunacharsky continuó. ‘Pero todos nosotros unánimemente aceptamos la propuesta de Martov de discutir formas pacíficas de resolver la crisis. Y, fuimos inundados por una lluvia de declaraciones. Se condujo un ataque sistemático en nuestra contra… Sin escucharnos, sin siquiera tomarse la molestia de discutir su propia propuesta, ellos [los mencheviques y SRs] trataron inmediatamente de aislarse de nosotros.’

En respuesta, se le podría haber hecho recordar a Lunacharsky que Lenin había insistido, desde semanas atrás, que su partido debía tomar el poder sólo. Aun así, no obstante tal cinismo, Lunacharsky tenía la razón.

Ya sea en alegre solidaridad, a regañadientes, en confusión, o como sea, al igual que todos los demás, de todos los demás partidos, todos los bolcheviques en el salón habían apoyado la cooperación –un gobierno socialista de unidad- cuando Martov inicialmente lo propuso.

Bessie Beatty sugirió que Trotsky no se movió tan rápido como pudo haberlo hecho en respuesta a aquella primera propuesta, tal vez a raíz de ‘algúna amarga memoria de insultos que había sufrido a manos de aquellos dirigentes’. Eso era debatible, y aunque fuera cierto, los mecheviques, los SRs de Derecha y otros, habían optado por tirarles el voto a la cara a los bolcheviques. Habían pasado de él, directamente a la oposición, acusando a aquellos a su izquierda.

La pregunta de Luncharsky era razonable: ¿Cómo se puede cooperar con quienes rechazan la cooperación?

Como para subrayar ese punto, los moderados que se habían marchado estaban, en ese preciso instante, tildando la reunión como tan solo ‘una reunión privada de delegados bolcheviques’. ‘El Comité Ejecutivo Central’, anunciaron, ‘considera que el Segundo Congreso no se ha realizado.’

En el salón, el debate sobre la conciliación continuó hasta las horas más oscuras de la noche, pero ahora el grueso de la opinión estaba de lado de Lunacharsky, y de Trotsky.

Se llegaba al desenlace en el Palacio de Invierno.

El viento se entremetía por los vidrios rotos. Hacía frio en los vastos ambientes. Soldados desconsolados, privados de algún propósito, deambulaban delante de las águilas bicéfalas del salón del trono. Invasores habían llegado hasta la recamara personal del emperador. Estaba vacía. Se detuvieron en atacar imágenes del hombre, golpeando con sus bayonetas al rígido, sosegado Nicolás II de tamaño natural que miraba desde la pared. Rasgaron la pintura como bestias con garras, dejaron largos rasguños, desde la cabeza del ex-zar hasta sus botas.

Figuras entraban y salían de vista, inseguras de quién era quién. Un teniente Sinegub permanecía comprometido con defender al gobierno. Patrullaba los pasillo asediados por horas y horas, esperando algún ataque, divagando en una suerte de pánico sosegado, en extremo y narcótico agotamiento, pasando escenas como si fueran retazos de alguna historia mal-escuchada: un caballero de avanzada edad, vistiendo uniforme de almirante, sentado inmóvil en un sillón; un tablero de comunicaciones oscuro y abandonado; soldados agazapados bajo los ojos de los retratos en las galerías.

Hombres peleaban en las escalinatas. Cualquier crujido del piso podría ser la revolución. Ahí vino un junker, camino a algún sitio, en alguna misión. Advirtió con una calma forzada que la persona a quien Sinegub acababa de pasar –sí, acababa de pasar al lado de alguien- probablemente era del enemigo. ‘Bien, excelente’, dijo Sinegub. ‘¡Observe! Me cercioraré cuanto antes.’ Giró y lo inmovilizó –el otro hombre, vió, efectivamente era del partido de la insurrección- tirando hacia debajo de su saco, como un niño en una pelea escolar, para que no pueda mover los brazos.

A eso de las 2 a.m. fuerzas del CMR irrumpieron masivamente en el palacio. Desesperado, Konovalov telefoneó a Shreider. ‘Lo único que tenemos es una pequeña fuerza de cadetes’, dijo. ‘Nuestra detención es inminente.’ Se quebró la conección.

Los ministros oyeron disparos fútiles desde los pasillos. Su última defensa. Pasos. Un cadete llegó corriendo por órdenes. ‘¿Luchar hasta el último hombre?’ preguntó.

‘¡Nada de sangre!’ gritaron. ‘Debemos rendirnos.’

Esperaron. Un extraña incertidumbre. ¿Cómo mejor ser encontrados? Por cierto, no parados avergonzadamente, con sus sacos doblados sobre los brazos, como empresarios esperando un tren.

Kishkin, el dictador, asumió el control. Emitió las últimas dos órdenes de su reinado.

‘Dejen sus sacones,’ dijo. ‘Sentémonos a la mesa.’

Obedecieron. Así estuvieron, cual cuadro congelado de una reunión de gabinete, cuando Antonov irrumpió dramáticamente, su excéntrico sombrero de artista empujado hacia atrás, sobre su cabellera roja. Tras él, soldados, marinos, Guardias Rojos.

‘Aquí está el Gobierno Provisional,’ dijo Konovalov con impresionante decoro, como en respuesta a un golpe a la puerta en vez de a una insurrección. ‘¿Qué quieren?’

‘Les informo, a todos ustedes, miembros del Gobierno Provisional, que quedan bajo arresto’, dijo Antonov.

Antes de la revolución, toda una vida política atrás, uno de los ministros presentes, Maliantovich, había refugiado a Antonov en su casa. Ambos hombres se ojearon, pero no lo mencionaron.

Los Guardias Rojos estaban enfurecidos al darse cuenta de que Kerensky se había ido. Iracundo, uno de ellos gritó, ‘¡Bayoneten a todos los hijos de puta!’

‘No permitiré ninguna violencia en contra de ellos,’ respondió Antonov con calma.

Con ello, se llevó a los ministros, dejando atrás sus borradores de proclamas, todos tachados, dichas rayas divagando como sueños de dictadura hasta formar caprichosos diseños. Empezó a timbrar un teléfono.

Sinegub observó desde el corredor. Cuando todo había acabado, su gobierno desvanecido, su deber cumplido, giró silenciosamente y se marchó, saliendo al resplandor de los reflectores.

Saqueadores hurgaron el laberinto de habitaciones. Hicieron caso omiso de las obras de arte y se llevaron ropa y cachibaches. Pisotearon papeles por los suelos. Al partir, los soldados revolucionarios los rebuscaron y confiscaron sus souvenires. ‘Este es el palacio del pueblo,’ les resondró un teniente bolchevique. ‘Este es nuestro palacio. No roben al pueblo.’

Un aspa de espada, un cirio. Los ladrones entregaron su botín. Una frazada, un cojín.

Antonov guió a los ministro hacia afuera, donde una ruda, alborotada e iracunda multitud los esperaba. Se paró delante de sus prisioneros en gesto de protección. ‘No los golpeen,’ insistieron él y otros experimentados –y orgullosos- bolcheviques. ‘Es una falta de cultura.’

Pero la creciente ira de las calles no podría ser tán fácilmente apaciguada. Luego de momentos de tensión, fue por suerte que, cuando el sonido de fuego de metralla hizo correr en pánico a la multitud, Antonov aprovechó para cruzar el puente a la carrera, empujando y jalando a los detenidos hacia prisión en la Fortaleza de Pedro y Pablo.

Cuando se cerraba la puerta de su celda, el ministro de asuntos interiores menchevique Nikitin encontró un telegrama de la Rada ucraniana en su bolsillo.

‘Recibí esto ayer,’ dijo. Se lo entregó a Antonov. ‘Ahora es problema suyo.’

Fue el obstinado opositor Kamenv quien le dio la noticia a los delegados en Smolny: ‘Los líderes de la contrarrevolución instalados en el Palacio de Invierno han sido detenidos por la guarnición revolucionaria.’ Desató un pandemonio de alegría.

Eran más de las 3 a.m. pero aún había qué hacer. Por dos horas más, el Congreso recibió informes –de unidades pasándose a su lado, de generales aceptando la autoridad del CMR. Todavía había disidencia también. Algunos clamaron por la liberación de los ministros SRs en prisión: Trotsky los calificó de falsos camaradas.

A eso de las 4 a.m., en indigno epílogo a su partida, una delegación del grupo de Martov volvió tímidamente y trató de volver a presentar su propuesta de un gobierno socialista colaborativo. Kamenev recordó al salón que los mismo con quienes Martov había buscado colaborar le habían dado la espalda a la propuesta. A pesar de ello, siempre el moderado, propuso postergar la condena de Trotsky hacia los SRs y mencheviques, discretamente dejándola así en un limbo procesal, para evitar vergüenza en caso se reinicien las conversaciones.

Lenin no volvería a la reunión aquella noche. Estaba elaborando planes, pero había redactado un documento que Lunacharsky debía presentar.

Dirigido a ‘Todos los obreros, soldados y campesinos,’ Lenin proclamaba el Poder Soviético y se comprometió a inmediatamente proponer una paz democrática. La tierra sería transferida a los campesinos. Las ciudades sería aprovisionadas de pan, se ofrecería la autodeterminación a las naciones del imperio. Pero Lenin también advirtió que la revolución corría peligro –desde el exeterior e internamente.

‘Los kornilovistas … buscan conducir tropas contra Petrogrado. …¡Soldados! ¡Resistid a Kerensky, quien es un kornilovista! … ¡Ferroviarios! ¡Detened todas las escuadras enviadas contra Petrogrado por Kornilov! ¡Soldados, obreros, empleados! ¡El destino de la revolución está en vuestras manos!’

Leer el todo el documento demoró un buen tiempo, siendo interrumpido tan frecuentemente por tantos aplausos. Un leve ajuste verbal aseguró el acuerdo por parte de los SRs. Una minúscula fracción menchevique se abstuvo, preparando el camino hacia reconciliación entre el martovismo de izquierda y los bolcheviques. No importó. A las 5 a.m. del 26 de octubre, el manifiesto de Lenin fue multitudinariamente aprobado.

Un rugido. Su eco se desvaneció en medida que, lentamente, la magnitud de la resolución se hizo clara. Hombres y mujeres se miraron. Había sido aprobada. Estaba hecho.

Se había proclamado el gobierno revolucionario.

Se había proclamado el gobierno revolucionario y ello era suficiente para una noche. No estaba nada mal para una primera reunión. De hecho.

Exhaustos, embriagados de historia, con los nervios encrispados, los delegados al Segundo Congreso de los Soviets partieron de Smolny. Salieron de la escuela de etiqueta hacia un nuevo momento en la historia, un nuevo tipo de primer día, aquél del gobierno obrero, el amanecer en una ciudad nueva, la capital del estado obrero.

Emergieron al invierno bajo un cielo aún claroscuro pero cada vez más brillante.

 

 

 

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* Extraido por el autor de su libro, October (Verso, 2017)

** En 1918 el gobierno revolucionario sovietico adopto el calendario gregoriano para remplazar el calendario juliano que a lo largo de los siglos se había atrasado por casi dos semanas. Luego del ajuste de fechas, el 25 de octubre pasó a concordar con el 7 de noviembre.