Los bolcheviques y el antisemitismo

Por Brendan McGeever | Jacobin, 22 de junio de 2017

Traducción: Juan Fajardo para  marxists.org

Miembros del Bund judío acompañan los restos de sus compañeros caídos en Odessa durante la Revolución de 1905. (Foto: Wikimedia Commons)

 

 

El antisemitismo podía ser hallado a lo ancho de la división política en el año revolucionario de Rusia

 

Veinticinco de octubre, 1917. Temprano. Obreros están apostándose en puntos estratégicos de las vientosas calles de Petrogrado. En el Palacio de Invierno el presidente del Gobierno Provisional, Alexander Kerensky, espera con ansiedad el auto en que huirá. Afuera, los Guardias Rojos han asumido control de la estación telefónica. La toma del poder por los bolcheviques es inminente.

No hay luz ni telefonía en el palacio. Desde su ventana, Kerensky puede ver el Puente del Palacio – está ocupado por marinos bolcheviques. Al fin, se procura un auto de la embajada norteamericana y Kerensky inicia su escape del Petrogrado Rojo. Cuando el vehículo voltea una esquina Kerensky nota un grafito recientemente pintado en los muros del palacio: «¡Abajo con el judío Kerensky! ¡Viva el camarada Trotsky!»

Después de un siglo, el lema mantiene el absurdo: Kerensky, por supuesto, no era judío mientras que Trotsky sí lo era. Lo que el lema señala, en cambio, es el complicado y contradictorio papel del antisemitismo dentro del proceso revolucionario. En mucha de la literatura existente sobre la Revolución Rusa el antisemitismo se entiende como una forma de «contrarrevolución», como reservado a la derecha anti-bolchevique.

Hay, desde luego, mucha certeza en tal afirmación: el régimen zarista se definía por su antisemitismo y en la devastadora ola de violencia anti-judía que siguió a la Revolución de Octubre, en los años de la guerra civil (1918-1921), la mayoría de las atrocidades fueron perpetradas por el Ejército Blanco y otras fuerzas opuestas al incipiente gobierno soviético. Pero, la historia no acaba ahí.

El antisemitismo cruzó la división política en la Rusia revolucionaria, hallando sustento a lo largo de todos los grupos sociales y lealtades políticas. Dentro del marxismo, el racismo y el radicalismo político se enmarcan a menudo como en contienda; pero, en 1917 el antisemitismo y el resentimiento de clase podían estar superpuestos tanto como ser concepciones opuestas del mundo.

Febrero: Una revolución en la vida judía

La Revolución de Febrero transformó la vida judía. Apenas días después de la abdicación del zar Nicolás II se levantaron todas las restricciones legales sobre los judíos. Más de 140 estatutos, abarcando miles de páginas, fueron removidas de la noche a la mañana. Para marcar el momento histórico de su abolición, el soviet de Petrogrado celebró una reunión extraordinaria. Fue en la víspera de Pésaj, 24 de marzo de 1917. El delegado judío que se dirigió a la asamblea inmediatamente notó la conexión: La Revolución de Febrero, dijo, era comparable a la liberación de los judíos de la esclavitud en Egipto.

La emancipación formal, sin embargo, no estuvo acompañada por la desaparición de la violencia anti-judía. El antisemitismo tenía raíces profundas en Rusia y su persistencia en 1917 estaba íntimamente ligada al flujo y reflujo de la revolución. En el trascurso de 1917 se perpetraron por lo menos 235 ataques contra judíos. Aunque representando meramente 4,5 por ciento de la población, los judíos fueron víctima de alrededor de un tercio de los actos de violencia física en contra de minorías nacionales en ese año.

Desde el instante de la Revolución de Febrero rumores de inminentes pogromos anti-judíos corrieron por las calles de las ciudades rusas, a tal grado que cuando los soviets de Petrogrado y Moscú celebraron sus primeras asambleas el tema del antisemitismo estaba en la agenda. Actos concretos de violencia fueron escasos en esas semanas iniciales. En cambio, para junio la prensa judía empezaba a reportar que «masas de obreros» se estaban reuniendo en las esquinas, aplaudiendo discursos pogromistas que declaraban que el soviet de Petrogrado estaba en manos de «los judíos». Los líderes bolcheviques a veces se cruzaban con ese antisemitismo. Caminando por las calles a principios de juiio, Vladimir Bonch-Bruevich –el futuro secretario de Lenin- se topó con una multitud clamando abiertamente por pogromos anti-judíos. Con la cabeza agachada, apresuró el paso. Y llegaban más y más informes de reuniones similares.

A veces el resentimiento de clase y las representaciones antisemitas del judaísmo se sobreponían entre sí: más tarde en julio, oradores en un mitin callejero en Petrogrado instaron a la multitud a «¡Aplastar a los judíos y a la burguesía!» Mientras que en el contexto inmediato de la Revolución de Febrero tales discursos no hallaban una audiencia, ahora atraían grandes multitudes. Fue en dicho contexto que se reunió en Petrogrado el I Congreso Pan-Ruso de Diputados de Obreros y Soldados.

La cuestión del antisemitismo

Ese I Congreso de Diputados de Obreros y Soldados fue una reunión histórica. Asistieron más de mil delegados de todos los partidos socialistas, en representación de cientos de soviets locales y de veinte millones de ciudadanos rusos. El 22 de junio, a medida que llegaban informes de aún más incidentes antisemitas, el Congreso produjo el pronunciamiento más autoritativo del movimiento socialista ruso hasta entonces sobre la cuestión del antisemitismo.

Redactado por el bolchevique Eugenio Preobrazhenskii, la resolución llevaba el titulo «Acerca de la lucha contra el antisemitismo». Cuando Preobrazhenskii terminó de leerla en voz alta un delegado judío se puso de pie y le dio su entusiasta aprobación antes de agregar que, aunque no devolvería los judíos asesinados en los pogromos de 1905, la resolución ayudaría a sanar algunas de las heridas que aún provocaban tanto dolor entre la comunidad judía. Fue aprobada unánimemente por el Congreso.

En esencia, la resolución reiteraba la vieja perspectiva socialdemócrata de que el antisemitismo era equivalente a contrarrevolución. Pero, contenía una importante admisión: el «gran peligro» –leyó Preobrazhenskii– era «la tendencia del antisemitismo de disfrazarse con consignas radicales». Esta convergencia de política revolucionaria y antisemitismo, decía la resolución, representaba «una enorme amenaza al pueblo judío y a todo el movimiento revolucionario, puesto que amenaza con ahogar la liberación de nuestro pueblo con la sangre de nuestros hermanos, y de cubrir con deshonra a todo el movimiento revolucionario». Aquella admisión de que el antisemitismo y la política radical podían estar superpuestos entre sí abrió nuevo terreno para el movimiento socialista ruso, el cual hasta entonces había tendido a enmarcar el antisemitismo como algo reservado a la extrema derecha. A medida de que se profundizaba el movimiento revolucionario a mediados y fines de 1917, la presencia del antisemitismo dentro de sectores de la clase obrera y del movimiento revolucionario se tornó un creciente problema que requería una respuesta socialista.

La respuesta de los soviets

A final del verano los soviets habían iniciado una amplia y extensa campaña contra el antisemitismo. El soviet de Moscú, por ejemplo, organizó conferencias y reuniones en fábricas acerca del antisemitismo en agosto y septiembre. En la antigua Zona de Asentamiento los soviets locales fueron fundamentales en evitar el estallido de pogromos. En Chernigov (Ucrania) a mediados de agosto acusaciones por las Centurias Negras de que los judíos estaban acaparando el pan llevó a una serie de violentos disturbios anti-judíos. Crucialmente, se requirió una delegación del soviet de Kiev para organizar un grupo de tropas locales para acabar con los disturbios.

El Gobierno Provisional trató de iniciar su propia respuesta al antisemitismo. En septiembre, el gobierno aprobó una resolución en la que prometía «tomar las más drásticas medidas en contra de todo pogromista». Un pronunciamiento similar, emitido dos semanas más tarde, ordenó a los ministros de gobierno «usar todos los poderes a su disposición» para sofocar los pogromos. Sin embargo, con la transferencia del poder a los soviets ya en marcha, la autoridad de Gobierno Provisional estaba en proceso de desintegración. Un editorial en el periódico pro-gubernamental Russkie Vedomosti del 1 de octubre captó bien la situación: «la ola de pogromos crece y se extiende… diariamente llegan montañas de telegramas… [pero] el Gobierno Provisional es sofocado … la administración no puede hacer nada … los medios de coacción están completamente exhaustos».

No así con los soviets. A medida de que se ahondaba la crisis política y el proceso de bolchevización continuaba a toda prisa, decenas de soviets provinciales establecieron sus propias campañas contra el antisemitismo. En Vítebsk, una ciudad a 350 millas de Moscú, el soviet local formó una unidad militar a inicios de octubre para proteger la ciudad contra pogromistas. La semana siguiente, el soviet de Orel resolvió tomar armas en contra de toda forma de violencia antisemítica.

En el extremo oriente de Rusia, una reunión del Soviet Pan-Siberiano emitió una resolución en contra del antisemitismo, declarando que el ejército revolucionario local tomaría «todas las medidas necesarias» para evitar cualquier pogromo. Aquello demostraba lo profundamente arraigada que era la lucha contra el antisemitismo en sectores del movimiento socialista organizado: aún en el lejano oriente, donde había relativamente pocos judíos y aún menos pogromos, los soviets locales se identificaron con los judíos sufriendo a manos de antisemitas en el Frente Occidental.

Sin duda, a mediados de 1917, los soviets se habían vuelto la principal oposición al antisemitismo en Rusia. Un editorial en el periódico Evreiskaia Nedelia (la Semana Judía) captó esto bien: «Debe admitirse –y les debemos reconocer sus méritos– que los soviets han desarrollado una enérgica campaña en contra [de los pogromos]. En muchos sitios ha sido solo gracias a su fuerza que se ha restablecido la paz.»

Vale hacerse notar, sin embargo, que estas campañas en contra del antisemitismo estaban dirigidas a los obreros en las fábricas y a veces a activistas dentro del amplio movimiento socialista. En otras palabras, se identificó el antisemitismo como un problema dentro de la base social de la izquierda radical, y hasta en secciones del propio movimiento revolucionario. Lo que ello demostraba, desde luego, es que el antisemitismo no emanaba simplemente desde «arriba», del viejo sistema zarista; tenía una base orgánica dentro de sectores de la clase obrera y debía ser enfrentado como tal.

El enemigo interno

Para la dirigencia bolchevique la política revolucionaria no era simplemente incompatible con el antisemitismo; eran antagónicos. Como lo expresaría un titular en primera plana en el principal periódico del partido, Pravda, en 1918: «¡Estar en contra de los judíos es estar a favor de zar!» Sin embargo, sería un error tomar los pronunciamientos de Lenin y Trotsky sobre el antisemitismo y «leer» en ellos los pensamientos y el sentir del grueso del partido. Como sería demostrado por los eventos de 1917, la revolución y el antisemitismo no estaban siempre en conflicto.

Reportajes periodísticos del verano y el otoño de 1971 revelan que bolcheviques locales eran con frecuencia acusados por otros socialistas de perpetuar el antisemitismo e incluso de albergar a antisemitas en la base social del partido. Por ejemplo, según el periódico de Georgii Plejanov, Edinstvo, cuando los mencheviques intentaron hablar en el cuartel Moscú en la región de Vyborg de Petrogrado a mediados de junio, soldados –aparentemente azuzados por bolcheviques– gritaron «¡Abajo con ellos! ¡Son todos judíos!» Plejanov, debemos aclarar, era obsesivamente anti-bolchevique a mediados de 1917, así que esta fuente debe ser tratada con cautela.

Sin embargo, las acusaciones eran extensas. Más o menos al mismo tiempo, el periódico menchevique Vpered informaba que bolcheviques en Moscú abuchearon a los mencheviques, acusándolos de ser «judíos» que «explotan al proletariado». Cuando cientos de miles de trabajadores tomaron las calles de Petrogrado el 18 de junio, algunos bolcheviques supuestamente arrebataron pancartas bundistas y gritaron lemas antisemitas. En respuesta, el bundista Mark Liber acusó a los bolcheviques hasta de ser «pro-pogromistas».

En octubre, tales acusaciones se hicieron más frecuentes. En la edición del 29 de octubre de Evreiskaia Nedelia, un editorial llegó al extremo de insistir que las antisemíticas «Centurias Negras» estaban «llenando las filas bolcheviques» a lo largo del país.

Tales afirmaciones eran evidentemente erradas. La jefatura bolchevique se opuso al antisemitismo y gran parte del partido participó en el desarrollo de la respuesta partidaria al antisemitismo a nivel de fábrica y de los soviets. Aun así, la idea de que el bolchevismo podría ser atractivo para antisemitas ultra-derechistas no era enteramente sin sustento. El 29 de octubre, un sorprendente editorial en el periódico antisemítico de extrema derecha, Groza (Tormenta), declaraba:

«Los bolcheviques han tomado el poder. El judío Kerensky, lacayo de los británicos y los banqueros mundiales, habiendo descaradamente asumido el titulo de comandante-en-jefe de las fuerzas armadas y habiéndose auto-nombrado Primer Ministro del Zarismo Ruso Ortodoxo, será barrido del Palacio de Invierno, donde ha profanado los restos de Alejandro III, El Pacificador, con su presencia. El 25 de octubre los bolcheviques unieron todos los regimientos que rehusaban someterse a un gobierno compuesto de banqueros judíos, generales traidores, latifundistas traicioneros, y comerciantes ladrones.»

El periódico fue inmediatamente clausurado por los bolcheviques, pero ese apoyo poco grato alarmó a la jefatura del partido.

Lo que subrayaba la preocupación de los socialistas moderados respecto a la capacidad del antisemitismo y la revolución a sobreponerse entre sí era la forma en que los bolcheviques movilizaban a las masas y encausaban su resentimiento de clase. El 28 de octubre, cuando la revolución estaba en caudal pleno, el Comité Electoral menchevique de Petrogrado lanzó un llamado desesperado a los obreros de la capital, advirtiendo que los bolcheviques habían seducido «a los obreros y soldados ignorantes» y que el grito de «¡Todo el poder a los soviets!» fácilmente se convertiría en «Golpead a los judíos, golpead a los comerciantes». Para el menchevique L’vov-Rogachevskii, la «tragedia» de la revolución rusa yacía en el aparente hecho de que «las oscuras masas (temnota) no pueden distinguir el provocador del revolucionario, o el pogromo judío de una revolución social».

La prensa judía hacía eco a esas preocupaciones. Según un artículo de portada en Evreiskaia Nedelia, «el camarada Lenin y sus compañeros bolcheviques llaman al proletariado a “hacer de sus palabras, acción” (pereit ot slovo k delu), pero dondequiera que se juntan multitudes eslávicas, el “tornar palabras en acción” significa, en realidad, “asestar un golpe a los judíos”»

Sin embargo, en contra de esas predicciones alarmistas, en las horas y días inmediatamente después de la toma del poder por los bolcheviques, no hubo ningún pogromo en el interior ruso. La insurrección no trajo la violencia antisemítica que se había predicho. Lo que las advertencias mencionadas arriba revelan es cuan profundamente arraigado estaba el temor a las «masas oscuras» entre secciones de la izquierda socialista que pretendía hablar en su nombre. Ello era especialmente cierto en cuanto a la intelligentsia, quienes generalmente se acercaban a la idea de un alzamiento proletario con horror debido a la violencia y barbarie que ellos creían inevitablemente serían el resultado.

Lo que definió a los bolcheviques en este período fue precisamente su cercanía a las masas petrogradenses tan temidas por la intelligentsia.

Aun así, el solapamiento entre el antisemitismo y la política revolucionaria era real. Apenas días después de la Revolución de Octubre, el escritor Ilia Ehrenburg –quien pronto sería uno de los autores judíos más prolíficos y conocidos en la Unión Soviética– se sentó a reflexionar sobre los sucesos transcendentales que acababan de ocurrir. Su relato es quizá una de las más vívidas descripciones de la articulación entre el antisemitismo y el proceso revolucionario de 1917:

«Ayer, estaba haciendo fila, esperando para votar por la Asamblea Constituyente. La gente decía “¡Quien esté en contra de los judíos, vote por el número 5! [los bolcheviques]”, “¡Quien esté a favor de la revolución mundial, vote por el número 5!” Pasó el Patriarca, esparciendo agua bendita; todos se quitaron los sombreros. Un grupo de soldados que pasaba empezó a corear La Internacional en su dirección. ¿Dónde estoy? ¿O es esto verdaderamente el infierno?»

En aquél sorprendente relato, la distinción entre el bolchevismo revolucionario y el antisemitismo contrarrevolucionario se nubla. Efectivamente, el relato de Ehrenburg prefigura la inquietante pregunta que se haría en las historias de la guerra civil en Caballería roja de Isaac Babel: «¿cuál es la revolución y cual la contrarrevolución?»

A pesar de la insistencia por los bolcheviques en enfocarlo como un fenómeno puramente «contrarrevolucionario», el antisemitismo eludía una categorización tan ordenada y podía ser hallada a lo ancho de la división política en formas altamente complexas e inesperadas. Aquello sería demostrado con la máxima nitidez seis meses más tarde, en la primavera de 1918, cuando los primeros pogromos desde la Revolución de Octubre estallaron en la Zona de Asentamiento. En pueblos y ciudades de Ucrania nororiental, como Gluckhov, el poder bolchevique se consolidó por medio de violencia anti-judía por parte de los cuadros locales del partido y los Guardias Rojos. El enfrentamiento bolchevique con el antisemitismo en 1918 era, a menudo, el enfrentamiento con el antisemitismo de su propia base social.

Al conmemorar el centenario de la Revolución de Octubre, con justeza lo celebramos como un momento de transformación social radical, cuando un mundo nuevo parecía ser una posibilidad. Empero, la revolución debe también ser recordada en toda su complejidad.

El antirracismo debe ser cultivado y renovado continuamente. Luego de un siglo, mientras luchamos con el daño a la política de clase causado por el racismo, 1917 nos puede decir mucho acerca de cómo las ideas reaccionarias cobran raíces, pero también de cómo pueden ser encaradas y combatidas.